Crónica de una mujer desnuda, en una plaza

desnuda1.jpgEl neoyorquino Spencer Tunick ha fotografiado desnudo a medio mundo. El domingo 6 de mayo concentró a unas 20 mil personas en el zócalo (la plaza pública central) de la ciudad de México. Hombres y mujeres acudieron a este lugar desde las tres de la mañana.

Juntos, cuerpo a cuerpo, compartieron gritos, euforias, se miraron entre sí, sin ropa de por medio, desnudos completamente se olfatearon miserias y encantos. Como si estuvieran en medio de una jungla, en estado salvaje.

Pero qué pasó en este lugar, ahí adentro, entre ellos. ¿Cuáles fueron sus sensaciones, sus pensamientos? ¿Cómo se platica al desnudo? ¿Qué ocurrió? ¿Qué no vio la cámara del ingenuo Tunick? Camila estuvo allí: Nos lo cuenta:El sol aún no salía, el frío de la madrugada provocaba en los cuerpos desnudos un movimiento rápido e involuntario. Temblábamos. Acomodados como soldaditos de plástico, en filas y firmes, esperábamos las órdenes del general Spencer Tunick. Nos prdenó paciencia y no nos quedó otra más que acatarla; nos aconsejó que conversáramos con nuestros vecinos para amenizar el tiempo. Algunas preguntas básicas: ¿cuál es tu nombre?, ¿hace frío?, ¿a qué te dedicas?, ¿vienes solo?, fueron suficientes para quitar el frío.

 

 

El compañero de junto no quitaba la mirada de mi rostro (al menos mientras platicábamos). La facilidad con la que entablamos el diálogo me sorprendió. Las frases chuscas y de apoyo no dejaron de fluir. Me contó que esa era la segunda instalación de Tunick a la que asistía, la primera fue en Barcelona, y confesó que le agradó más la segunda; aún sido sin entender bien a qué se refería. Recostados en la fría plancha de cemento del Zócalo, comenzaron a fluir las bromas: ¡apúrale cabrón, me estoy congelando!, ¡Juan te dijeron que bajes la cabeza!. Las risas no esperaban. No faltó quien deseaba el completo silencio y callaba a los demás ¡ssssssshhhhh! El vecino de la izquierda se mantuvo en silencio. Yo no lo conseguí. La mente tiene un mecanismo para interpretar frases, el doble sentido es nuestra especialidad. Adelante, una señora de 60 años grita: ¡No vayan pajareando, por favor!, las risas surgieron, desnudas.

 

Cuando los asistentes de Spencer indican que debemos juntarnos y pegarnos lo más que sea posible, una voz masculina dice: “Con mucho cuidado, porque así perdió el diablo…” Los cuerpos sobre la Avenida 20 de noviembre se juntan, se vuelven uno y el calor humano se hace presente, por ese momento se olvida el frío. El vecino de la izquierda se mantiene lo más cercano que le es posible, en medio de las risas me cita para un café después de la instalación, -con gusto- le respondo. Lo pierdo de vista por unos momentos, los 20 mil cuerpos, aproximadamente, no se distinguen en sus detalles, porque se transforma en una masa de protesta: ¡voto por voto, casilla por casilla!, ¡Sí al aborto!, ¡a esos mirones, les sobran pantalones!, ¡qué se encuere, qué se encuere!, ¡esas nalgas sí se ven, esas nalgas sí se ven!, ¡Spencer, encuérate tú también!

 

Aplausos y gritos, la instalación terminó. Pero a Tunick se le ocurre una idea: las mujeres de este lado, solo las mujeres. Ni un hombre. Algunos hombres corren por su ropa y sus cámaras; en definitiva, perdí de vista a mi vecino. La magia de dos horas se rompió. Los hombres, algunos ya vestidos, sacan el morbo y la cámara, quieren las imágenes de cientos de mujeres desnudas. En ese momento dejamos de ser camaradas de la experiencia y nos convertimos en objetos de miradas curiosas e intimidantes. La lujuria de la selva.

 

 

 

Otros hombres solidarios intentan frenar a los lujuriosos mirones, antes compañeros, y permanecen desnudos tomándose la foto del recuerdo, como viejos amigos en un loco viaje escolar. Las mujeres tratamos de soportar el miedo y los nervios, queremos que Tunick termine pronto, al no conseguir respuestas vuelve el humor y las consignas, pero no mitiga el sentimiento. Caminamos de un lado a otro y alguien comenta: Sólo falta que digamos ¡Beeeeee!, le secundamos en la risa. Muchas se separaron del grupo para vestirse pronto y Spencer convoca a la segunda instalación del siguiente día.

Al llegar por la ropa, un sujeto quiere tomar una foto, en lugar de eso se lleva una buena patada. Cuando todo parecía terrible, muchos compañeros aplaudían y felicitaban a las mujeres por soportar el desagradable momento. Afortunadamente la ropa seguía donde la dejamos, no todos corrieron con la misma suerte.Al salir de la instalación, alguien toca mi hombro. Lo miro y me parece conocido. -¿No me reconoces con ropa? ¿quieres que me la quite?- me pregunta y en ese momento descubro que era el vecino de la izquierda. Vamos a tomar el café acordado momentos antes. Ha salido el sol y el Zócalo ha dejado de ser frío. Enciendo un cigarro, me desnudo. Pienso en aquella imponente masa de cuerpos. El olor. Las voces. ¿Qué ocultamos los seres humanos en la ropa? Todo.

 

 

 

 

 

 

 

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Publicado por

bakará

Periodista GNU, en reposo.

2 comentarios sobre “Crónica de una mujer desnuda, en una plaza”

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